Comienzo mi día tomando estas pastillas. Al final del día, tengo cuatro más.
Hay una canción inmortalizada en la voz de la cantante argentina Mercedes Sosa que dice así: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, y el amor no lo reflejo como ayer”.
El envejecimiento es una experiencia universal. Dicen que de nada tenemos seguridad en este mundo salvo de la muerte. Sin embargo (como bien decía Spurgeon) no hay nada más incierto que la hora de la muerte. Entonces, si vos estás vivo (y no habría otra forma de que estés leyendo este artículo), lo más seguro es que estás envejeciendo y ese proceso, si no es interrumpido por enfermedad o accidente, se prolongará algunos años más.
La vejez no llega de golpe. Se va instalando silenciosamente. De repente, vemos que ya no recordamos los nombres. Que el cuerpo exige cuidado. Que los padres envejecen y/o mueren. Que algunos proyectos dejan de ser sueños y pasan a ser recuerdos.
El verdadero choque no es perder la juventud; es descubrir que el tiempo ya no parece infinito.
La juventud vive de la ilusión de la reversibilidad
Mientras somos jóvenes, creemos que casi todo puede ser perfecto. Como tenemos fuerza, energía, vitalidad, el horizonte de la vida parece amplio y distante. Y, peor aún, reversible.
Pensamos que siempre habrá tiempo para pedir perdón, reconstruir relaciones, cambiar de profesión o corregir decisiones. La madurez revela que existen acontecimientos irreversibles. El evangelio no promete devolver el pasado; promete redimir personas que tienen un pasado. Redimir, simplificando, es comprar un esclavo por un precio. Liberarlo y llevarlo a un nuevo plano que, en el caso de Jesús y la fe en él, significa el Reino. Aquí y ahora. Otras palabras similares, pero que, aunque no se acercan, sirven para explicar lo que quiero decir: Manumisión, Emancipación. (En la emancipación/manumisión que conocemos, no se crearon las condiciones sociales necesarias para que el emancipado lograra tener una vida digna. Eso la redención lo trata más profundamente, y eso importa.)
La Biblia no romantiza la vejez
En realidad, la Biblia no romantiza nada. Cuenta dos historias de formas conmovedoras: la periférica, que es el relato de acciones, decisiones, observaciones, consecuencias de las decisiones — buenas y malas — y micro actos de redención alcanzando personas, familias, pueblos. Y también está el relato principal, que es la redención hecha por Jesús en la cruz, apuntando a una redención incluso de la creación. Lo importante aquí: Dios no abandona sus proyectos.
Textos como Eclesiastés 12 describen con realismo la decadencia del cuerpo. El Salmo 90 enseña a contar los días. Juan 21 muestra a Jesús anunciando a Pedro la pérdida gradual de la autonomía.
La Escritura honra las canas, pero nunca trata la vejez como un premio automático ni como sinónimo de sabiduría. Basta ver la multitud de personas mayores amargadas, iracundas, violentas, enojadas con Dios y con el mundo, viviendo en un inconformismo y resentimiento que caben bien en la adolescencia, pero no al final de la vida.
Los cambios en la vida, pueden sí ser de orden violento o instantáneo – un ACV, una parálisis, una traición, el trabajo que se pierde y cambia todo, en fin la lista es larga – pero los cambios sobre los cuales tenemos algún tipo de poder son demorados y dolorosos. Por eso, generalmente, negamos la necesidad de ayuda o la importancia de ver que, haciendo lo mismo que siempre hicimos, no lograremos obtener resultados diferentes.
Esos cambios requieren no solo un objetivo soñado. Necesitan transformarse en un plan bien establecido. No algo del tipo “De aquí en adelante todo será diferente”. Ese estribillo que se repite año tras año en cierta TV pública — el jingle de fin de año de la Rede Globo, el mayor canal brasileño, que promete que el año nuevo lo cambiará todo — ya muestra, en febrero o marzo, que no es verdad.
Las consecuencias permanecen. La condenación, no.
La Biblia está llena de personas que pecaron, obtuvieron el perdón de Dios y tuvieron que continuar viviendo con las consecuencias de su pecado. Tal vez el ejemplo más claro sea el de David.
Hay una edad en que descubrimos que ya no somos definidos por nuestros mayores aciertos ni por nuestros mayores fracasos. Somos definidos por la gracia con que Dios sigue escribiendo la historia a pesar de ellos.
La historia de David muestra que Dios perdona sin borrar todas las consecuencias. Hay pérdidas que permanecen hasta el fin de la vida. David no perdió solo al hijo que tuvo con Betsabé — el embarazo de ella fue justamente lo que llevó a David a enviar a Urías al frente — sino que también enfrentó una fractura de integridad y repercusiones prolongadas en la casa real.
En el episodio de Betsabé, después de que David pecara, la Biblia dice que el SEÑOR envió a Natán a David (2 Samuel 12). Natán confronta a David con una parábola y, luego, anuncia directamente las consecuencias: que la espada no se apartaría de la casa de David y que el hijo moriría, y que eso sucedería “por cuanto” David actuó de ese modo (2 Samuel 12:1-14).
Aun con eso, David no perdió el reinado, y no fue “descalificado” como rey ante Dios: continuó siendo uno de los líderes del pueblo judío y, a pesar de las consecuencias, permaneció en el propósito divino.
Creo que pocos logramos entender la actitud de David al levantarse del ayuno así que el niño murió e ir a celebrar un banquete. Para el observador ocasional, eso suena a psicopatía, o al menos a desinterés. Generalmente lo que se espera es que se haga duelo tras la muerte. Él no. Menos mal que tenemos la explicación bíblica. Por eso sugiero la lectura completa del episodio.
El cristiano anciano puede llevar cicatrices profundas sin seguir viviendo como condenado. Y eso es realmente liberador. Romanos 8 y 1 Corintios 4 muestran que la palabra final sobre nuestra vida pertenece a Cristo, no a la culpa ni a los aplausos.
El envejecimiento desmonta la ilusión de autosuficiencia
La mayor pérdida tal vez no sea la fuerza física, sino la autonomía. El cuerpo deja de obedecer, la memoria falla, otras personas pasan a cuidar de nosotros, la privacidad y la independencia dejan de ser un bien extremadamente preciado y cuidado para convertirse en moneda de cambio con el mantenimiento de la vida.
Descubrimos que nunca fuimos realmente independientes; solo conseguíamos esconder nuestra dependencia. Ahora ya no. La vejez se convierte en una especie de humildad compulsoria.
Por ejemplo, el modo en que Jesús describe el futuro de Pedro muestra que la dependencia no siempre es elegida: en lugar de Pedro seguir el camino que quería, habría un tiempo en que sería llevado “a donde no querés”. El cuerpo — y, por extensión, la voluntad — deja de ser el centro del gobierno, y la vida pasa a ser conducida por un llamado que lo trasciende. Así, la fragilidad no aparece solo como falla; se convierte en lugar de comunión con la gracia y con la misión, porque el “yo” ya no sostiene solo el peso del camino.
La iglesia local debería ser el lugar donde la fragilidad encuentra comunión
A medida que la dependencia crece, se vuelve aún más necesaria una comunidad capaz de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones.
No te engañes, hasta el más perdido de los pecadores necesita confesión. Hay un libro publicado recientemente sobre los francotiradores occidentales en Sarajevo en los años 1990. Trataré de eso en otro artículo.
Volvamos al asunto del duelo, confesiones, limitaciones.
En lugar de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones, muchas iglesias esperan que los mayores demuestren estabilidad permanente. La comunión de los santos debería ser un bálsamo justamente cuando ya no hay cómo volver atrás.
Y es en ese sentido que María, puesta bajo los cuidados de Juan (Juan 19:26-27), es una buena ilustración: ella es recibida, sostenida y amparada por alguien designado para no dejar la fragilidad aislada. Si hasta en ese momento, cuando la vida de Jesús estaba siendo llevada, María no fue “abandonada”, sino entregada al cuidado, entonces la iglesia también debe aprender a hacer lo mismo con sus ancianos — no como favor, sino como expresión de amor que no depende de la fuerza de quien recibe.
Cristo da sentido al tiempo que queda
La esperanza cristiana no consiste en recuperar la juventud ni en escapar de la realidad. Consiste en descubrir que el tiempo, incluso cuando nos quita las fuerzas, oportunidades y autonomía, sigue perteneciendo a Dios. Cristo no elimina la finitud; él impide que tenga la palabra final.
Ahora, sin romantizar ni endulzar la píldora del envejecimiento, vamos a anclar la reflexión en 2 Corintios 4:16: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” El cuerpo puede “dejar de obedecer”, pero la vida interior no queda sin gobierno: se va reorganizando, día tras día.
Y el mismo tono pastoral aparece en Isaías 46:4: “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.” Dios no se aleja cuando la capacidad disminuye; Él sostiene cuando la dependencia aumenta.
Por último, el Salmo 71:9-18 pone palabras en un duelo que es real: describe envejecimiento y declive, pero no calla el testimonio de amparo. La vejez puede doler — aun así, la mano que sostiene no cambia.
El envejecimiento, sin embargo, no es solo finitud “gradual”; hay días en que llega una especie de noche interior. En el Alzheimer, la memoria se rompe, las palabras se pierden, y a veces el cerebro ya no parece alcanzar los estímulos como antes. En esos momentos, la promesa de Dios no es que la mente vuelva a funcionar, sino que Él guarda en paz a quien persevera.
Tal vez llegue un día en que nuestra mente ya no logre permanecer firme en él. No es más una capacidad cognitiva que la persona controla, es algo sostenido por amor: por oración, por presencia, por lectura, por música, por cuidado paciente.
Cuando llega el tiempo en que “ni siquiera el cerebro parece responder”, aun así la comunión puede suceder por caminos que atraviesan el pensamiento consciente: una canción conocida, el tono de la voz, una frase del evangelio dicha con constancia, una oración susurrada. Vi eso en personas que ya no hablaban por causa del Alzheimer, pero se conmovían — lloraban — cuando el nombre de Jesús era anunciado. No era performance: era vida sostenida por gracia, incluso en el límite.
Conclusión
Envejecer es descubrir que existen decisiones irreversibles, pérdidas definitivas y límites que no pueden ser negociados. Es también percibir que nuestra dignidad nunca estuvo en la fuerza, en la memoria o en la capacidad de controlar la propia vida.
Hay un momento de la vida en que ya no podemos volver atrás. Pero aún podemos caminar hacia adelante. No porque el pasado dejó de existir, ni porque las pérdidas dejaron de doler.
Caminamos porque Cristo entró en nuestra historia, incluso en esa parte que nunca lograremos reescribir. El tiempo sigue pasando. Seguiremos envejeciendo. Pero ya no caminamos hacia el vacío. Caminamos al encuentro de aquel que prometió: “Hasta vuestra vejez yo seré el mismo… yo os sostendré.” (Isaías 46:4)