Miedo de creer

Creer es permitir que la palabra de Cristo tenga más autoridad sobre nosotros que lo que aprendimos a considerar verdadero, seguro y posible.

Túlio era un empleado bancario ejemplar. Pasó los últimos 20 años de agencia en agencia hasta que se estableció en esa ciudad. Formó una familia, tuvo hijos, él y su esposa criaban a sus hijos de cerca y con esmero. Criado en una familia cristiana de tradición evangélica, asistía a la iglesia local con su familia. Domingos, martes y sábados estaban presentes. Contribuía económicamente, era un diácono activo. Internamente era un hombre equilibrado. Sin deudas. De buena reputación. Solo tenía un miedo tremendo de creer. Pero ni él estaba consciente de eso.

El problema no es simplemente creer.

Podemos creer en Jesús sin permitir que él modifique profundamente aquello en lo que ya creíamos antes de él. Llegamos a la fe cargando una interpretación del mundo formada por la familia, cultura, religión, experiencia política. El problema comienza cuando Jesús contradice algunas de esas certezas. En ese momento descubrimos si creemos en él o simplemente logramos acomodarlo dentro de lo que ya creíamos.

Pedro sobre las aguas – cuando la experiencia dice que no puede ser.

El texto de Mateo 14:22-33 es bien conocido. En resumen: los discípulos están en un pequeño barco en medio del mar bajo viento fuerte. Jesús se acerca. Los discípulos lo ven caminando sobre las aguas. Pedro pide para probar que es él caminando sobre las aguas. Jesús lo invita. Pedro va. Camina. Se asusta. Comienza a hundirse. Jesús le extiende la mano y le dice “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Pedro no es cualquier persona. Es un hombre de mediana edad que tenía por oficio pescador. Conocía el mar. Tenía en su experiencia sobradas razones para permanecer en el barco. Sabía claramente que no era posible para un hombre andar sobre las aguas.

Quizás exactamente por eso, él pide poder caminar hasta Jesús como prueba de que él era quien aparentaba – a la distancia – ser.

Y quizás por el mismo motivo, Jesús no hace ningún milagro, solo dice “Ven”.

Una única palabra.

Por algunos instantes, Pedro permite que esa palabra específica de Jesús tenga más peso que su experiencia. Luego mira nuevamente a aquello que conocía desde hace mucho: viento, agua, peligro. Tuvo miedo. Comenzó a hundirse.

Claro, como todo texto se muestra capaz de sostener una reflexión alegórica. Podríamos decir que el agua y el viento son los problemas y que el camino sobre el mar es el camino que estamos recorriendo, es decir, nuestra vida. Y aunque eso suena muy bonito – y vamos a acabar sacando una lección moral o espiritual de esto, el relato es histórico y como tal debe ser tratado.

El hecho es que el viento no comenzó cuando Pedro tuvo miedo. El viento, el agua, las olas, el barco, Jesús a lo lejos, los otros discípulos en el barco. Todo estaba allí antes. Así estaba cuando él saltó la borda del barquito y comenzó a andar sobre las aguas hasta Jesús.

Entonces, ¿qué cambió? El conocimiento previo entró en su mente y tuvo miedo.

El miedo tiene esa particularidad de querer protegernos de algo. Dicen que es mejor un cobarde vivo que un héroe muerto. (La Biblia dice que “mejor es perro vivo que león muerto” – Eclesiastés 9:4)

¿El conocimiento anterior a la caminata estaba equivocado? No. De hecho, esos datos fueron los que lo habían ayudado mucho en la tarea en el mar, el cual demanda un gran respeto. Entonces, la creencia de él en esas experiencias anteriores (personales o no) no estaba equivocada.

De esta forma, hay momentos en que creer significa admitir que nuestra experiencia es verdadera, pero no tiene la palabra final.

Nicodemo – Cuando la religión no tiene categoría para lo que Dios está haciendo

Otro texto bien conocido e interesante para nuestro punto de hoy es Juan 3:1-15

“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro”. Esa fue la frase introductoria de Nicodemo aquella noche.

Nicodemo no es un incrédulo ignorante. Es justamente su conocimiento religioso lo que hace la conversación interesante. Eran dos maestros judíos sentados en una noche fresca conversando sobre sus creencias. Un diálogo de igual a igual en cierto sentido. Y sus conocimientos no estaban equivocados. Jesús no los descarta. Solo que él ve una sombra en todo eso. Algo queriendo aparecer detrás de sus palabras que no llegaron a cristalizar en la primera colocación de Nicodemo.

Jesús (en su versión “Corte rápido Tramontina”) no pierde la oportunidad y le propone un dilema existencial que no puede ser respondido por la religión de Nicodemo: “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”

Jesús habla de nacer de nuevo y Nicodemo intenta encajar eso en las categorías que ya posee: “¿Cómo puede un hombre nacer, siendo viejo?”

La pregunta de Nicodemo es más que obvia. Lo era en aquella época y ahora también. Y la respuesta – dentro del plano físico – sigue siendo obvia.

Sin embargo, de la fuente de males que nos aquejan, el cuerpo es el más virtuoso. Ya las aflicciones existenciales radicadas en el alma necesitan otro tipo de respuesta.

Entonces, pará un poco y analizá: ¿El dilema de Nicodemo aquella noche, no se asemeja al nuestro? Él estaba intentando comprender la novedad de Dios usando solo categorías religiosas que trajo consigo. El equipaje.

Por lo tanto, a veces nuestra dificultad para creer no viene de la falta de religión, sino de la dificultad de admitir que Dios sea mayor que nuestra comprensión religiosa de él.

Pedro y los animales impuros – Cuando Dios contradice aquello que aprendimos ser fidelidad

Este otro texto también es bien conocido. Quizás no tanto como los otros, pero creo que se encaja en aquellos textos que merecen una segunda mirada (¿y cuál no?) Hechos 10:9-20

Diferente del Pedro de Mateo 14, aquí nos encontramos con un Pedro diferente. Particularmente fuerte en la fe. Ya es apóstol, ya confesó a Cristo. Ya recibió el Espíritu Santo. Ya predicó valientemente a Jesús. Ya fue encarcelado. Ya dijo aquella frase célebre “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Sin embargo, había un pequeño pedazo de su interior que aún necesitaba ser iluminado. Él necesita tener algunas creencias desmontadas.

Una idea que mucho me perturbó durante años es la transformación plena e instantánea de una persona cuando se convierte. Todo mi conocimiento bíblico me llevaba a concluir que la transformación en el momento de la conversión es profunda, radical y duradera. Eso, inevitablemente, me ponía otras dudas en el corazón: ¿cuándo me convertí? ¿será que de hecho soy convertido? Mis creencias necesitaban ser desmontadas.

Entonces, cuando Pedro oye “levántate, mata y come” la respuesta más directa, correcta, simple y natural que surge de su cabeza está aliada al conocimiento bíblico y a la práctica de una vida: “Nunca comí cosa alguna común e inmunda”.

Así como ocurrió con la traición y en su restauración, Pedro necesitó de tres visiones redundantes (que ni las tres negaciones o las tres preguntas sobre el amor) y una voz clara y fuerte que ponía fin a una época en su vida (que ni el gallo y que ni Jesús en la playa), dijo – en las últimas dos veces – afirmaba: “No llames tú común a lo que Dios purificó”

Pedro, así como Pablo persiguiendo la iglesia. Era firme en sus convicciones. Era fiel. Eso es fe hebraica en la práctica: fidelidad que hace que quien cree sea parte del cuerpo. (“el justo por su fe vivirá” Habacuc 2:4)

Nota a los que ya conocen el texto: El griego “pistis” no logra transportar todo el concepto del hebreo “emunāh” aunque se acerque mucho. La palabra hebrea transmite fe, fidelidad o firmeza/constancia. Ya “pistis” lleva más fe en el sentido de confianza y puede sí llevar algo de fidelidad o adherencia. Sin embargo, no agota el término hebreo, aunque sea el mejor término en el griego para expresar el hebreo sin recurrir a neologismos. El término griego trae la idea de un acto o actitud de creer mientras que el hebreo arrastra el concepto de firmeza, constancia confiable. Por lo tanto, Romanos 1:17 – para Lutero y todo el mundo protestante y luego reformado y por extensión fundamentalistas y evangélicos – se lee como “El justo por la fe , vivirá” (fijate en la coma. Con eso quiero representar que en Pablo podemos entender que la persona llega a la justicia a partir (“ἐκ”) de la fe) al punto que Habacuc podría ser leído “El justo, por la fe (fidelidad, constancia) vivirá” lo que trae consecuencias profundas en los conceptos de justificación, redención, salvación, etc. Ahí surge el problema de las traducciones al español. ¿Qué hacer? ¿Es fiel al texto literal original o sigue la línea interpretativa por entender que Pablo (de fe hebraica convertido a Jesús) escribiendo en griego sigue la septuaginta? Yo soy de la idea que debe permanecer fiel al texto original y nos corresponde a nosotros – por medio de la exégesis y la hermenéutica – mostrar evidencias claras de esa distinción en lugar de adoptar la interpretación de los reformadores como siendo verdad absoluta. Pero eso todo merece otro artículo. Solo basta decir que salvación, justificación y redención dependen de fe y se extienden a la fe. Fuera de ella (y exclusivamente ella), nada hecho.

Volvamos al asunto de Pedro y su visión.

Como estábamos diciendo: Pedro (así como Pablo) estaba siendo fiel a su conocimiento bíblico. La Ley le impedía comer cosas impuras, y él era fiel en eso.

Pero las cosas habían cambiado. Y los discípulos (y muchos de nosotros) no entendían cabalmente de qué se trataba eso todo al final.

Entonces, algunas de las creencias que Dios necesita corregir en nosotros son justamente aquellas que aprendimos a defender en su nombre.

Pedro reprendiendo a Jesús – Cuando Cristo amenaza al Mesías que queremos.

Leé el texto de Mateo 16:13-23. Yo sé que es conocido. Pero con todo lo que leíste hasta aquí, hay algunas cosas que deben saltar a tus ojos ahora mismo que no sea lo que voy a decir a continuación.

Este texto es muy íntimo, personal. Está el grupo pequeño de discípulos y Jesús. Acaban de llegar a Cesarea de Filipo. Y el maestro judío, siguiendo la tradición dialéctica de los rabinos, inicia con una pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” O sea, ¿qué piensan las personas respecto a mi persona? ¿Quién soy yo en la idea de ellos?

Es obvio que Jesús sabía lo que las personas pensaban. Él ya había mostrado eso en repetidas ocasiones por medio de diálogos, discursos y confrontación directa. Sus discípulos sabían que él sabía. Luego, la pregunta apuntaba en otra dirección. Una más íntima quizás.

Y las respuestas vinieron, espontánea y estrepitosamente. “Juan el Bautista”, “Elías”, “Jeremías”, “o cualquiera de los profetas”.

Llegaron al final de las opciones que conocían y yo imagino que se hizo un silencio. Aquel que antecede a la pregunta de verdad. Puedo imaginar a Jesús mirando a todos ellos como quien está listo para presentar su punto más sensible. Luego él habló.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Imagino más silencio. En la mirada de Jesús la sinceridad de quien con la pregunta busca enseñar algo más. Y Pedro rompe el silencio: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente

Y yo, adiviná, imagino más silencio. En la cabeza de los otros judíos discípulos con certeza había pensamientos del tipo: “Enloqueció”. “Sí. El calor del desierto le frió los sesos. Llegó aquí con vegetación abundante y desandó de una vez”. “Mi… está blasfemando”. “¿Cómo así un individuo ser hijo de YHWH?”

Jesús se vuelve hacia él y le dice: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Para los que gustan de estudiar más: la teología natural – aquella que pretende sostenerse solo de la revelación no bíblica y que es obtenida por medio de los sentidos – logra llegar hasta la conclusión de que, teniendo en cuenta lo que la naturaleza revela, debe existir un dios creador. Pablo parece apuntar en esa dirección en Romanos 1:19-23ss. Ya para entenderlo como creador único y personal, es necesaria la revelación especial: la Biblia. Entonces, ese conocimiento general, universal, al alcance de cualquier individuo, sirve – por la conducta que ese individuo tiene después – solo para condenarlo. Ya para abrazar la fe salvadora es necesaria la revelación especial. (Cabe recordar Romanos 2:12-15 y luego el vv16)

Volviendo a la declaración de Pedro, ella es tan grandiosa que es la divisora de aguas del evangelio según San Mateo. Ve el inicio del 16:21: “Desde entonces comenzó Jesús…

Algo había cambiado. Algo había transformado profundamente el ministerio de Jesús. De haber estado al menos dos años en un plató bien conocido, ahora el maestro estaba resuelto en ir a Jerusalén y él sabía claramente lo que le esperaba en Jerusalén.

El cambio fue muy abrupto. En especial para Pedro. Pedro amaba a Jesús – así como los otros con excepción de Judas Iscariote que estaba en el grupo en esa ocasión también. En ese amor instó a Jesús a practicar lo que hoy la psicología llama autocuidado. “Señor, ten compasión de ti”.

No había dudas de que Pedro estaba plenamente consciente de que el panorama que Jesús pintara, no era nada confortable y acababa en muerte. La parte de la resurrección nadie entendía bien de qué se trataba por más que los fariseos y otros habían introducido esa noción hacía ya doscientos años.

La respuesta de Jesús debe haber resonado en el lugar apartado en que Pedro y Jesús estaban: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

Estupefacto debe haber quedado Pedro.

Hace poquito Jesús había dicho que él era muy feliz porque lo que había dicho había sido revelado por el Padre que está en los cielos. Ahora, lo que había dicho solo manifestaba conocimiento terrenal de las cosas. Y Jesús lo llamó Adversario, Tentador, Acusador, Maligno

¿Qué había pasado?

Pedro aceptaba que Jesús era el Mesías (Cristo), pero rechazaba lo que el propio Mesías tenía como misión y método.

En la idea común de la época respecto al Mesías se juntaba todo. El ungido por Dios para liberar al pueblo de la opresión Romana y junto con eso las expectativas político-militares alrededor de esa idea de liberación.

Es posible confesar correctamente el nombre de Jesús y aún intentar subordinarlo al mundo que nos gustaría que él construyera.

Por lo tanto, el miedo de creer aparece cuando queremos que Jesús confirme nuestra visión del mundo, pero él comienza a juzgarla.

Conclusión

Quiero volver a Pedro sobre las aguas.

Vamos a considerar la idea de “salir del barco”

No estamos hablando de abandonar nuestra familia, tradición, experiencia, religión o preferencia política. Eso sería demasiado simplista. Esas cosas forman parte de la formación de quienes somos y pueden llevar mucha verdad.

La cuestión es más profunda, mucho más: ninguna de ellas puede ocupar el lugar de Cristo

Pedro no descubrió que el viento era imaginario. No estaba en la matrix y Neo vino a salvarlo. El viento era real. El mar continuaba peligroso. El barco era, humanamente, el lugar más seguro para estar. Y él estaba exactamente en el lugar y en la acción que quería: andar sobre las aguas como Jesús.

El llamado era real.

Quien llamaba era real.

Pero el miedo, o falta de fe como Jesús indica en el versículo siguiente, se hizo presente.

Todas sus creencias anteriores le pasaban como un lastre. Y lo hacían hundirse.

Seguir a Jesús puede exigir que pongamos los pies donde todo aquello que siempre supimos decía que no había suelo.

Acerca de Esteban D. Dortta

Esteban es pastor evangélico. Cursó teologia en el Seminário Teológico Bautista del Uruguay entre 1991 y 1994. Nacido en 1971, vive en Brasil desde 1995. Entiende que las libertades de pensamiento, expresión y reunião son esenciales al desarrollo no apenas cristiano mas de la sociedad completa.

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